viernes, 21 de abril de 2017

Cestos de mimbre.

 El arte de trenzar mimbre es una de las más antiguas técnicas de manualidades de nuestro país. Junto al modelado del barro, constituye el comercio típico de pequeños núcleos de población, especialmente en el sur de España, donde el clima es más seco y favorece su conservación. Además, por sus propias características, aporta sensación de frescor al ambiente, indispensable en esas latitudes.



 El mimbre proviene de las ramas de un arbusto de la familia de los sauces. En concreto, se trata de Salix viminalis. Así, estas fibras vegetales destacan por su extrema flexibilidad cuando se encuentran verdes y húmedas.

 A pesar de su sencillo final, dar forma al mimbre no resulta fácil. Existe un procedimiento a seguir, durante el cual se humedecen las cañas para conseguir curvarlas sin romperlas.  Una amplia experiencia se refleja en cestos, bandejas, fundas de botellas, lámparas y numerosos muebles.

  Mi primer costurero fue una cesta de mimbre con asa. Quizá por eso también me apasiona el mimbre. Todavía recuerdo el estampado de la tela que forraba su interior. Los Reyes nos trajeron una cesta para mi hermana y otra para mí, con un juego de agujas e hilo azul bebé. Ese hilo no se acababa nunca, hacíamos y deshacíamos, aprendiendo a hacer punto. Era muy pequeña cuando asociaba esa pequeña cesta con las jarras de cristal que forraba en mimbre un cuñado de mi abuela Josefina, en Jerez de La Frontera, para llenar su tiempo una vez jubilado.

 En casa siempre había cestos de mimbre, entre otros usos, para la ropa sucia y para la ropa de plancha. Estaban vestidos con una funda que llenó una tarde de costura para mi Madre. Cuando tuve mi casa hice por tener el mismo paisaje. Puntillas y distintas telas de algodón adornaban el borde de estas fundas confeccionadas en un lienzo moreno que nunca se acababa en casa.

Cesto para la ropa sucia. 

  
Cesto para la ropa de plancha.







  Además de estos cestos, otros objetos de mimbre adornan mi casa, como la papelera del baño, la cesta de las bolsas que me regaló Tía Carmen, varias cestas para el pan, bajoplatos y hasta un arcón en el salón, que ya lo vimos en Casas rojas de Navidad.

 Y en mi taller, guardo los conos de remallar en una cesta que centra su atractivo, además de en la funda hecha por mi Madre, en su peculiar forma.




 Y siempre con la vista puesta en cualquier mimbre que se ponga por delante, como un cesto cuadrado que tiene mi Madre, con una funda también confeccionada por ella.



martes, 18 de abril de 2017

Un año de Blog y 33.000 visitas.

  Ayer hizo un año que empecé a escribir este blog para enseñar los que yo considero mis tesoros; compartiendo mis creaciones de una forma distinta, llegando donde físicamente sería imposible. Intentando explicar cómo lo he hecho, según mi forma de verlo, sin pensar que fuera la correcta o la única, fui regalando ideas para que otros las repitieran. Me convertí en la administradora de un ritual semanal sin intención de desprenderme de este compromiso que con lealtad firmé en el aire, buscando dar lo que no sabía que podía llegar a dar. Los números fueron subiendo, y con ellos gané una sonrisa de satisfacción. 



 Al ir pasando los meses, las opiniones se tornaron en críticas. Mi pasión casi consigue que me abrazara un grillete, pero el síndrome de Estocolmo floreció en mí con tanta furia que siempre negaré que dejé de controlar la situación. Sin anuncios, sin economía. Ni siquiera me planteé buscar una excusa para seguir, y sin saber si las visitas leían o tan sólo veían las fotos.

 Y fue cuando decidí publicitar mi marca en el que llaman el mayor escaparate del mundo, dispuesta a aguantar la lluvia negra más envidiada por las Escrituras. Busqué a las maestras, fuera y dentro de la red, busqué la perfección que siempre he querido para mis trabajos, busqué sólo hablar de hilos, persiguiéndolos con un exagerado instinto felino, y aprender, olvidando los vicios que yo misma había creado y que me impedían, sin saberlo, lograr una labor de museo.

 Esta desmelenada ilusión por cada entrada me ha sido devuelta en más de 33.000 visitas a mi pequeño rincón. Gracias a todos los que habéis venido con curiosidad, que también es felina, y que nos mueve hacia nuestros sueños, y a los que habéis comentado, sobre el papel y en el aire. Aquí sigo, abrazada a mi dedal de plata, mi bandera, junto a la que voy a seguir enseñando todo el material que queda por sacar de los cajones de mi casa.

 ¡Os espero en la siguiente entrada!




viernes, 7 de abril de 2017

Palillos de Bolillos de madera.

 Siendo el encaje de bolillos una habilidad con historia propia, además de conservar el estilo primitivo de los resultados, sería adecuado mantener igualmente el método de elaboración en base a los utensilios empleados, favoreciendo la reproducción fidedigna de los primeros encajes.
 En Palillos para hacer encaje de Bolillos nos centramos en la importancia de estos palillos en la producción de encajes, y en cómo afecta en el resultado el material que los constituye.
 Como encajera de gusto tradicional y en constante aprendizaje, mi elección está influenciada por los elementos de siempre. Por eso, la mayoría de los palillos de bolillos que componen mi costurero son de madera, de diferente procedencia.

 Bolillos artesanales sevillanos en un galletero de cerámica de La Cartuja de Sevilla, algunos pintados a mano por Naty Santigosa.





Palillos de bolillos en madera de olivo, labrados en madera de Boj y lisos en madera de Cerezo.


 Palillos de bolillos en madera de Boj, rectos, en pico o decorados por Naty Santigosa.

Bolillos en madera de Amaranto, de Carmelo Badalona, adquiridos en Hilaturas Sonia Juan. Bolsa de crochet en tres colores tejida por Merche GS.

viernes, 31 de marzo de 2017

Estola de seda negra con flores color cobre.

 Nací un Sábado Santo de otro siglo. Ya acababa el invierno, pero hay zonas del país que se resisten a la primavera. Aún apetecía abrigarse al caer la tarde. Por eso, mi abuela Josefina le regaló a mi Madre un chal negro, con un dibujo de flores en tono dorado viejo. 
 Tras muchos años, ese chal con el que coincido en décadas de vida, ha terminado entre mis pañuelos, aunque no necesito tenerlo para que su estampado esté por siempre grabado en mi mente. Quizás ese recuerdo fue el que me impulsó a comprar una pieza de seda que, al verla, me transmitió una extraña familiaridad. 


 Cuando se trabaja con seda, es aconsejable utilizar alfileres y agujas muy finos, que abran el tejido sin dañarlo. Así,  existen unos alfileres especiales que se utilizan habitualmente para máquina de coser y que son los más finos del mercado. Se comercializan en dos tamaños y con cabecilla de colores. Estos alfileres los encontré en la Mercería La Hilarica, en Zaragoza.










 El estampado floral en tonos ocre de la estola nos hace volver a un tiempo anterior, sin dejar de ser una prenda actual y elegante. Seleccionamos el fleco en uno de esos tonos para no caer en la rutina de vestir de negro con complementos en el mismo color. La estola debe resaltar sobre el vestido o el pantalón elegidos y, sobre todo, sus flecos.

















 El degradado de amarillos y tostados permite que esta estola pueda ser utilizada en cualquier tipo de evento, ya sea durante el día o la noche, y no obliga necesariamente a combinarla con prendas de color neutro.















 En definitiva, soy propietaria de una seda original y llamativa, que dificilmente será olvidada en una esquina de mi armario. De hecho, la seda es un tejido que sigue vivo, y hay que vestirlo para que se conserve así; que note el calor de tu cuerpo, y, al rozarse con tu piel, reciba el sentimiento que cualquier ser vivo necesita para continuar respirando.




 Para Tía Mari Naty no resultó difícil volver a impresionarnos con un nuevo lienzo. Un fuerte temporal en el Cabo de Gata fue la inspiración para otro éxito asegurado. El mar se adentró bruscamente hacia las salinas y propició un paisaje de desordenada belleza. Ya en calma, se pudo observar cómo una barca había quedado casi en la entrada de la iglesia, igual que una ofrenda a los pies de un altar. La aptitud colorista de esta pincel de oro lo refleja como un hecho habitual, en un encuadre de luz, con la blanca iglesia como protagonista. No es la primera vez que este rincón de Almería se retrata con sus pinceles. Unos años antes mostraría toda una colección de degradados rojizos, como reflejo de incontables puestas de sol presenciadas mientras las olas tejían diminutas puntillas de sal a sus pies.